Enseñar lo decisivo

Font: El País

Ángel Gabilondo

Enseñar lo decisivo es enseñar a decidir, esto es, a aprender a hacerlo. Que lo decisivo sea decidir puede parecer redundante, sobre todo si cuando se enseña no queda nada por decidir y se ofrece ya decidido. Por eso enseñar es también mostrar, siempre y cuando suponga en alguna medida convocar a la autonomía de poder elegir. En nuestro razonable afán de seguridad, tendemos a ofrecer un saber clausurado, considerando que el que sea indiscutible es una garantía, asimismo indiscutible, de su verdad. También en esto conviene andarse con cautelas.

No está mal señalar lo que está decidido, aunque eso exige explicar y argumentar, si es que consideramos que aprender conlleva comprender y no solo aceptar. Se trata de asumir, y eso es algo bien diferente de comportarse como un recipiente. No se discute que haya lo indiscutible, sino solo en la medida en que ya ha sido discutido, debatido y asentado, y en cierto modo es también un resultado. Que no convenga abrir en cada caso, cada vez, cada cuestión no quiere decir que esta no sea cuestión precisamente porque exige nuestro espíritu crítico, nuestra capacidad de criterio y cabe problematizarse. Y, por tanto, si así se considera, cabe presentar los inconvenientes que lo ya decidido comporta. Solo así se enseña a cuestionar, como camino imprescindible del aprender.

Podemos intentar establecer el listado de lo decisivo, pero es necesario no olvidar que lo decisivo es una relación y no un registro. Educar es una relación, un acto de comunicación que comporta alguna forma de encuentro. Desde luego, con el conocimiento y, además, entre quienes participan de esa acción. Ahora bien, semejante encuentro con el conocimiento supone no olvidar que el conocimiento no se limita a lo conocido y que él mismo es una relación, que precisa descubrir y crear.

Así que enseñar viene a ser una relación de relaciones, algo que en cierto modo es posible decir asimismo de la amistad. En este sentido, enseñar es procurar amistad. Sin embargo, esta ha sido considerada como una pasión de pasiones, lo que ha permitido hablar de la amistad como prácticamente un estado de pasión. No de cualquier forma, no en cualquier sentido. Porque al respecto hay también sentidos decisivos.

En la imprescindible reivindicación del conocimiento, conviene no reducir a formas ciertas actitudes y dotarlas al respecto de contenido. No les faltan razones a quienes estiman que educar es también iniciar para trabajar en equipo, y para tomar decisiones, y para desarrollar labores en contextos de exigencia, y para expresarse convenientemente, y para hablar en público, y para escribir con corrección y algún estilo personal, y para manejar bien al menos un par de idiomas, y para tener una relación definida con el entorno social, cultural y político, y para conocer los desafíos del momento que corresponde vivir.

Sin embargo, todo ello viene a ser a algo lateral y se desdibuja si no conlleva formarse para aprender, para ser versátil, abierto y flexible. Añadamos a ello la necesidad de tener criterio propio, algo determinante para proponerse vías innovadoras, para estar dispuesto a asumir riesgos y a aportar propuestas en entornos de intereses legítimos pero diferentes. En todo caso, no siempre queda claro que, en general, suela acabarse prefiriendo a quienes tienen espíritu crítico y participativo, frente a quienes, más o menos sumisos o dóciles y bien asentados, están prestos a realizar labores y encargos con diligencia. Por eso, semejantes “cualidades” pueden resultar incluso alarmantes si se consideran meros instrumentos y si no se conjuga la singularidad con la sensibilidad para lo colectivo, para lo común. Y eso por parte de todos.

Y más aún, y en especial, si se ignora la dimensión civilizatoria y socializadora de la educación, a fin de formar ciudadanos y ciudadanas activos y libres, dignos, capaces de deliberar, de pensar, entregados a procurar espacios de libertad y de justicia, de considerar a los demás y de comprender no solo lo que uno oye o lee, sino muy decisivamente de comprender a los demás.

Se reescriben entonces todas las competencias y se entiende que, por ejemplo, tener capacidad de expresarse es especialmente interesante, ahora bien, si se tiene algo que decir. Más aún, si hay alguien a quien decirlo y alguien que decirse, si se ha aprendido a ser uno mismo. O que, si algo es nefasto, el hecho de que se pueda ejecutar es más un peligro que un valor. O que, si algo es infecundo, inadecuado, injusto, insensato, no mejora porque se pueda aplicar. Solo tiene interés que resulte práctico si es una buena elección, es decir, si es bueno. Por ello, la reivindicación de lo eficiente comporta no reducirlo a su inmediata aplicabilidad. Se trata de responder, y responder no es siempre limitarse a ratificar lo demandado. Eso no impide prepararse para desarrollar una actividad fecunda y fructífera.

Aprender a decidir es no ignorar la creación de las condiciones para poder hacerlo adecuadamente. Ello pasa por conocer, también por transmitir, por trasladar, por ofrecer un legado, por incorporar a alguien a espacios de saber que le resultan inauditos, y que no se limitan a lo por él imaginable. Y todos necesitamos al respecto del saber procurado por los demás. La cercanía, el afecto y la competencia y el oficio de un buen maestro, de una buena maestra son determinantes. Y ello, por conocido, no siempre es reconocido. Como el entorno que constituye lo que, no ya solo como lugar sino como verdadero espacio, es un hogar.

No basta entonces reivindicar el aprender, es preciso enseñar a hacerlo. De ahí que nuestras propias decisiones, el modo de adoptarlas y de justificarlas, la necesidad de no guiarnos por la arbitrariedad o la mera coyuntura tiene un efecto ejemplar. Y el hecho de comprobar que no se limitan a imponerse, aunque se hacen valer, muestra hasta qué punto tiene efectos. Aprender a decidir es aprender a asumir las consecuencias de la decisión, y a responder de ellas, y esta responsabilidad y este compromiso con nuestros propios actos implican asimismo reconocer errores y ser capaz de corregirlos. Y de afrontarlos.

En este sentido, en la decisión se muestra el alcance de un conocimiento que no es insensible, ni indiferente, ni engreído. Aprender a vincular el conocimiento con la necesidad de vivir en un ámbito de permanentes decisiones supone a su vez crear espacios en los que sea posible hacerlo. Pero en ocasiones el silencioso pacto entre la comodidad y el interés puede ir habilitando para dejarse llevar por los acontecimientos. Educar es enseñar que no hacerlo es decisivo.

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